Entrega 2 — Una Casa sin testigos

agosto 2016

Las vidas que no vivimos.

Una novela inspirada en los cuatro pilares del Método ALMA.

Durante los próximos doce meses publicaremos una novela inspirada en los cuatro pilares del Método ALMA: Awareness, Liberation, Manifestation y Alignment.

 

Cada semana compartiremos una nueva entrega de la historia de Adrián, un hombre que abandonó a su pareja embarazada y que, diecisiete años después, se ve obligado a enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones.

 

A través de recuerdos, conversaciones, heridas y segundas oportunidades, Adrián iniciará un proceso de consciencia, liberación, transformación y coherencia que lo llevará a buscar a la hija que nunca conoció.

 

Pero esta no es solo una historia sobre recuperar el tiempo perdido.

 

Es una novela sobre la responsabilidad, el perdón, los límites y la posibilidad de convertirse en alguien diferente, incluso cuando nadie puede garantizar que seremos perdonados.

 

Bienvenidos a Las vidas que no vivimos.

• Por ALINÉA

Las vidas que no vivimos Una novela inspirada en los cuatro pilares del Método ALMA

En la entrega anterior…

En medio de una importante presentación profesional, Adrián sufrió una crisis que lo llevó directamente al hospital. Las pruebas descartaron un problema cardíaco, pero dejaron al descubierto algo que llevaba años evitando: detrás de su aparente seguridad había una vida marcada por el aislamiento y la huida.
 
Antes de recibir el alta, le pidieron que escribiera el nombre de una persona de contacto en caso de emergencia.
 
Adrián no encontró a nadie.
 
Aquella casilla vacía terminó recordándole una ausencia mucho más antigua: Laura, la mujer embarazada a la que había abandonado diecisiete años atrás.

Entrega 2 —Una casa sin testigos


El coche se detuvo frente al edificio, pero Adrián no se bajó.   Observó el portal a través de la ventanilla. Durante seis años había llamado hogar a aquel lugar. Sin embargo, después de lo ocurrido en la oficina y de aquella casilla vacía en el hospital, la idea de entrar solo le produjo una inquietud que no supo explicar.   —Hemos llegado —dijo el conductor.   —Ya lo sé.   —¿Se encuentra bien?   Adrián asintió, pagó el trayecto y salió antes de que el hombre pudiera hacerle otra pregunta.   El portero nocturno levantó la cabeza al verlo.   —Señor Vidal, una compañera suya ha llamado dos veces.   —¿Lucía?   —Estaba preocupada.   —No tenía por qué llamar aquí.   —Solo quería saber si había llegado.   Adrián miró el teléfono. Nueve mensajes sin leer.   —No ha sido nada —dijo.   El portero lo observó durante unos segundos.   —Me alegro.   Adrián avanzó hacia el ascensor.   —Señor Vidal.   Se volvió.   —Estoy abajo toda la noche. Por si necesita algo.   —No necesito nada.   Las puertas se cerraron delante de él.   Mientras el ascensor subía, Adrián se arrepintió de haber respondido con tanta rapidez.   ---   El apartamento estaba exactamente como lo había dejado aquella mañana.   Impecable.   Silencioso.   Sin señales de que alguien lo hubiera esperado.   Adrián dejó las llaves sobre la mesa y recorrió el salón con la mirada. Había elegido cada mueble, cada cuadro y cada objeto con una precisión casi obsesiva. Todo estaba colocado en su sitio.   Y, sin embargo, aquella noche tuvo la impresión de estar entrando en una casa preparada para que nadie permaneciera demasiado tiempo.   El teléfono vibró.   Lucía: ¿Has llegado?   Adrián respondió:   Sí. Estoy bien.   Ella escribió casi inmediatamente.   ¿Hay alguien contigo?   Adrián miró el sofá vacío.   La cocina sin usar.   La puerta cerrada del dormitorio.   Escribió:   Sí. No te preocupes.   Los tres puntos aparecieron en la pantalla.   ¿Quién?   Adrián bloqueó el teléfono.   No quería inventar un nombre. Tampoco quería reconocer que acababa de mentir.   Abrió el frigorífico buscando algo para cenar y encontró dos limones secos, una botella de agua y un recipiente que no recordaba haber comprado.   Cerró la puerta.   Desde algún lugar del edificio llegó el sonido de una risa. Después, una voz infantil corriendo por un pasillo. Un hombre pidió que bajaran el volumen del televisor.   La vida de otras personas atravesó las paredes durante unos segundos.   Luego, todo volvió a quedar en silencio.   Adrián se apoyó en la encimera.   —No pasa nada —dijo en voz alta.   Aquella casa no tenía testigos.   Nadie podía contradecirlo.   ---   Se duchó intentando borrar la sensación del hospital, pero al cerrar los ojos regresó la imagen de la niña.   El impermeable amarillo.   Las botas rojas hundiéndose en un charco.   La voz de una mujer pidiéndole que esperara.   Adrián abrió los ojos de golpe.   No conocía a aquella niña. No podía conocerla.   Aun así, cada vez que la veía sentía algo que no se parecía a la curiosidad.   Se parecía al reconocimiento.   Apoyó la frente contra la pared de la ducha.   —No eres real.   Lo dijo para convencerse a sí mismo.   La imagen permaneció.   Esta vez la niña no cruzaba la calle. Estaba quieta, mirando hacia atrás, como si esperara a alguien.   Como si supiera que él estaba allí.   Adrián cerró el grifo.   ---   Samuel llamó poco después.   La música y las voces al otro lado de la línea indicaban que estaba en algún local.   —¿Sigues vivo? —preguntó.   —Eso parece.   —Lucía me ha contado lo del infarto.   —No ha sido un infarto.   —Entonces mejor. Puedes venir a celebrarlo.   —No voy a salir.   Samuel tardó unos segundos en responder.   —¿Tú estás seguro de eso?   —Acabo de salir del hospital.   —Precisamente. Una copa, un poco de gente y mañana todo esto será una anécdota.   Durante años aquella había sido la solución para todo.   Cuando una relación terminaba, bebían.   Cuando un proyecto fracasaba, buscaban una fiesta.   Cuando algo dolía demasiado, llenaban la noche de personas que no conocían lo suficiente como para hacer preguntas.   —Hoy no —repitió Adrián.   —¿Ha pasado algo más?   Adrián miró la ciudad desde el ventanal.   —En el hospital me han pedido un contacto de emergencia.   —Pues me pones a mí.   —No me sé tu número.   Samuel se rio.   —Lo tienes guardado.   —No podía mirar el teléfono. Tenía que escribirlo.   —Pues te lo inventas.   —No se trataba de aprobar un formulario.   La música se volvió más lejana. Samuel parecía haberse apartado del grupo.   —¿Qué te pasa, Adrián?   —No había nadie a quien poner.   —Te acabo de decir que podías ponerme a mí.   Adrián guardó silencio.   —Soy tu mejor amigo —añadió Samuel.   —¿Sabes dónde vivo?   —Claro.   —¿En qué piso?   Hubo una pausa.   —Quinto.   —Sexto.   —Por un piso no vamos a dejar de ser amigos.   —¿Cuál es mi segundo apellido?   —¿Qué clase de interrogatorio es este?   Adrián cerró los ojos.   No estaba enfadado con Samuel.   Lo peor era que él tampoco habría sabido responder preguntas parecidas sobre su vida.   —Déjalo —dijo.   —Estás sugestionado. Duerme y mañana hablamos.   —Sí.   —Y no pienses demasiado.   La llamada terminó.   Adrián permaneció frente a la ventana, observando decenas de hogares iluminados. Detrás de cada cristal parecía desarrollarse una vida de la que él solo podía contemplar fragmentos.   Una pareja cenando.   Un hombre meciendo a un bebé.   Una mujer ayudando a una niña con los deberes.   Adrián apartó la mirada.   ---   El pecho comenzó a cerrarse de nuevo.   No apareció el dolor de la oficina, pero sí aquella sensación de que el aire no llegaba hasta el fondo.   Inspiró con fuerza.   Empeoró.   Volvió a intentarlo.   El corazón aceleró.   Entonces recordó la voz de Lucía:   No intentes llenarte entero. Primero vacía.   Adrián expulsó el aire lentamente.   Esperó.   Inspiró apenas un poco.   Volvió a soltarlo.   Repitió el proceso varias veces hasta que la presión empezó a disminuir.   Cuando el cuerpo finalmente se calmó, apareció algo que no esperaba.   Una tristeza profunda.   No tenía una causa concreta ni un recuerdo al que pudiera aferrarse. Era una emoción antigua que parecía haberlo estado esperando detrás de todo el ruido.   Adrián estuvo a punto de dejarla entrar.   Pero hizo lo que había hecho siempre.   La apartó.   ---   Entró en el dormitorio y contempló el espacio vacío junto a la cama.   Irene se había marchado dos meses antes.   Habían vivido juntos casi tres años, aunque en aquel momento Adrián no estaba seguro de haber compartido realmente una vida con ella.   Recordó la última noche.   Irene cerraba una maleta mientras él permanecía sentado en una silla, esperando que terminara.   —¿Vas a decir algo? —preguntó ella.   —¿Qué quieres que diga?   —Cualquier cosa que demuestre que has estado aquí durante estos tres años.   —No empieces.   Irene dejó de doblar la ropa.   —Ese es tu truco.   —¿Cuál?   —Esperas a que alguien se canse de tu silencio y, cuando finalmente habla, lo acusas de crear un problema.   —Si quieres marcharte, márchate.   Irene lo miró con los ojos húmedos.   —No quiero marcharme. Quería que me pidieras que me quedara.   Adrián no respondió.   La vio cerrar la maleta.   —¿Sabes qué es lo peor? —dijo ella—. Nunca estás cuando las cosas ocurren.   —Estoy aquí.   —Tu cuerpo está aquí. Tú hace mucho tiempo que te fuiste.   Irene abandonó el dormitorio sin volver la cabeza.   Adrián había interpretado aquel gesto como una exageración. Una frase diseñada para hacerle daño antes de marcharse.   Aquella noche, por primera vez, comprendió que quizá Irene solo había descrito lo que veía.   Se sentó en el borde de la cama.   Laura también le había pedido que se quedara.   Irene también.   Dos mujeres distintas.   Dos maletas.   La misma respuesta.   Adrián se levantó bruscamente.   No quería continuar siguiendo aquel hilo.   ---   A las dos de la madrugada seguía sin poder dormir.   Buscó en el armario del pasillo alguna pastilla que Irene pudiera haber olvidado. Apartó unas toallas y encontró, en la parte más alta, una caja de cartón cubierta de polvo.   En un lateral aparecía una palabra escrita con rotulador:   PERSONAL.   La llevó hasta el salón.   Dentro había fotografías antiguas, recibos, entradas de conciertos y un teléfono móvil con la pantalla rota. Restos de una vida que ya no reconocía como propia.   En el fondo encontró una carpeta azul.   Adrián la sostuvo durante unos segundos antes de abrirla.   Había documentos de una vivienda que había alquilado cuando tenía veinticinco años.   La casa en la que había vivido con Laura.   Pasó las hojas con rapidez.   El contrato.   Facturas.   Una fotografía de ambos en una terraza. Laura sonreía a la cámara mientras él la abrazaba por detrás.   Adrián apartó la foto.   Debajo apareció un sobre amarillento.   Para Adrián.   Reconoció la letra de Laura antes incluso de leer su nombre.   Sintió que el pecho volvía a tensarse, pero esta vez no era ansiedad.   Era memoria.   Giró el sobre.   En la parte posterior había una fecha escrita diecisiete años atrás.   Adrián intentó recordar cómo había llegado hasta aquella caja.   Quizá Laura la dejó entre sus cosas.   Quizá él la recogió sin revisar lo que contenía.   Quizá había visto el sobre y decidió enterrarlo bajo suficientes objetos como para convencerse de que no existía.   Lo sostuvo entre las manos.   Un recuerdo regresó con una claridad insoportable.   Laura estaba de pie junto a la puerta del dormitorio. Tenía una mano sobre el vientre y los ojos hinchados de llorar.   —Dime que vas a volver.   Adrián cerraba una maleta.   —Necesito tiempo.   —No. Necesitas una excusa.   —No puedo hacer esto ahora.   —Yo tampoco puedo, Adrián. Pero no tengo la opción de irme.   Él había evitado mirarla.   —No te estoy pidiendo que tengas todas las respuestas —dijo Laura—. Solo te estoy pidiendo que no te marches.   Adrián regresó al presente con el sobre todavía entre los dedos.   Durante diecisiete años había contado aquella historia de otra manera.   Decía que era demasiado joven.   Que la relación estaba rota.   Que Laura quería obligarlo a vivir una vida para la que no estaba preparado.   Nunca mencionaba su maleta.   Nunca mencionaba sus lágrimas.   Nunca mencionaba que ella le había pedido una sola cosa.   Que se quedara.   Adrián deslizó un dedo bajo el borde del sobre.   Se detuvo.   No estaba abierto.   Laura le había escrito una carta hacía diecisiete años.   Una carta que había viajado con él de una casa a otra, enterrada bajo los restos de todas las vidas que comenzó después de abandonarla.   La había tenido cerca durante casi dos décadas.   Pero nunca había tenido el valor de escuchar lo que Laura quiso decirle.   Hasta ahora.

Lo que deja esta segunda entrega

El silencio del apartamento obliga a Adrián a contemplar el verdadero precio de la independencia que siempre defendió. Su conversación con Samuel y el recuerdo de Irene revelan un patrón que comienza a repetirse ante sus ojos: cuando alguien le pide presencia, compromiso o verdad, Adrián desaparece mucho antes de marcharse físicamente. Al final de la noche, el pasado deja de ser un recuerdo lejano. Una carta escrita por Laura hace diecisiete años ha permanecido cerrada todo este tiempo, esperando a que Adrián estuviera preparado para abrirla.

— Las vidas que no vivimos

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