Entrega 1 — La casilla vacía

JULIO 2016

Las vidas que no vivimos.

Una novela inspirada en los cuatro pilares del Método ALMA.

Durante los próximos doce meses publicaremos una novela inspirada en los cuatro pilares del Método ALMA: Awareness, Liberation, Manifestation y Alignment.

 

Cada semana compartiremos una nueva entrega de la historia de Adrián, un hombre que abandonó a su pareja embarazada y que, diecisiete años después, se ve obligado a enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones.

 

A través de recuerdos, conversaciones, heridas y segundas oportunidades, Adrián iniciará un proceso de consciencia, liberación, transformación y coherencia que lo llevará a buscar a la hija que nunca conoció.

 

Pero esta no es solo una historia sobre recuperar el tiempo perdido.

 

Es una novela sobre la responsabilidad, el perdón, los límites y la posibilidad de convertirse en alguien diferente, incluso cuando nadie puede garantizar que seremos perdonados.

 

Bienvenidos a Las vidas que no vivimos.

Por ALINÉA

Entrega 1 — La casilla vacía

Adrián sintió la primera punzada justo debajo del esternón.
 
Fue breve. Una presión seca que desapareció antes de que pudiera decidir si debía preocuparse.
 
Continuó hablando.
 
—Lo importante no es venderles una campaña —dijo, señalando la pantalla—. Lo importante es conseguir que crean que esta campaña habla de ellos.
 
Al otro lado de la mesa, siete personas lo observaban en silencio. Algunas asentían. Otras hojeaban el documento que tenían delante. En la pared del fondo, una diapositiva mostraba una familia sonriente entrando en una vivienda luminosa.
 
Adrián conocía aquel momento.
 
El instante en el que una sala dejaba de escuchar las palabras y comenzaba a dejarse convencer por quien las pronunciaba.
 
Era bueno en eso.
 
Sabía cuándo bajar la voz, cuándo hacer una pausa y cuándo mirar directamente a la persona que todavía no estaba convencida.
 
—La gente no compra una casa —continuó—. Compra la vida que imagina dentro de ella.
 
La segunda punzada fue más intensa.
 
Adrián dejó el mando de la presentación sobre la mesa y apoyó la mano en el respaldo de una silla.
 
Lucía, sentada cerca de la puerta, lo miró con atención.
 
—¿Estás bien?
 
—Perfectamente.
 
Sonrió, pero algo había cambiado.
 
El aire entraba, aunque no parecía llegar hasta el fondo de sus pulmones. Inspiró de nuevo. Después otra vez. Cuanto más intentaba respirar, más estrecho se volvía el pecho.
 
Uno de los clientes levantó la vista.
 
—¿Quieres que hagamos una pausa?
 
—No hace falta.
 
Adrián trató de continuar, pero las palabras aparecieron desordenadas. La pantalla se volvió excesivamente brillante. La sala parecía haberse alejado varios metros y, al mismo tiempo, las voces sonaban demasiado cerca.
 
Notó un hormigueo en los dedos.
 
Después en los labios.
 
—Adrián —dijo Lucía, levantándose—. Siéntate.
 
—He dicho que estoy bien.
 
—Y yo te estoy diciendo que te sientes.
 
La miró con irritación. Quiso hacer algún comentario para aliviar el momento, una de esas bromas rápidas con las que conseguía recuperar el control de cualquier situación.
 
No encontró ninguna.
 
Su corazón golpeó con una fuerza desconocida.
 
Por un instante tuvo la certeza de que iba a morir.
 
No fue un pensamiento. Fue una convicción.
 
La reunión, los clientes, la pantalla y las carpetas abiertas sobre la mesa dejaron de importar. Adrián se llevó una mano al pecho.
 
—No puedo respirar.
 
Lucía llegó hasta él antes de que sus piernas cedieran.
 
—Mírame.
 
—Llama a una ambulancia.
 
—Ya la están llamando.
 
—Me está dando algo.
 
—Adrián, mírame.
 
—No puedo respirar.
 
—Sí puedes. Estás respirando.
 
—No me entra el aire.
 
Lucía le sujetó el rostro con ambas manos.
 
—No intentes llenarte entero. Solo suelta el aire.
 
—¿Qué?
 
—Suéltalo. Despacio.
 
Adrián obedeció como pudo.
 
—Otra vez —dijo ella—. No cojas aire todavía. Primero vacía.
 
El cuerpo no parecía pertenecerle. Las manos le temblaban, la camisa se le pegaba a la espalda y una presión creciente le recorría el brazo izquierdo.
 
—Es el corazón.
 
—No lo sabemos.
 
—Es el corazón, joder.
 
—La ambulancia está llegando.
 
Uno de los clientes había abierto la puerta. Los demás permanecían inmóviles, atrapados entre la preocupación y la incomodidad.
 
Adrián cerró los ojos.
 
Entonces apareció una imagen.
 
Una niña cruzaba un charco con unas botas rojas. Llevaba un impermeable amarillo y el pelo recogido de cualquier manera. Al otro lado de la calle, una mujer le gritaba que esperara.
 
La escena duró apenas un segundo.
 
Adrián abrió los ojos de golpe.
 
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
 
—Nada.
 
—¿Te duele más?
 
—No.
 
La niña había desaparecido.
 
También la mujer.
 
Adrián no sabía quiénes eran.
 
En la ambulancia, un sanitario le colocó varios adhesivos en el pecho mientras el otro le hacía preguntas.
 
—¿Nombre completo?
 
—Adrián Vidal Romero.
 
—¿Edad?
 
—Cuarenta y tres.
 
—¿Tomas alguna medicación?
 
—No.
 
—¿Antecedentes cardíacos?
 
—Que yo sepa, no.
 
—¿Has consumido alguna sustancia?
 
Adrián lo miró.
 
—Café.
 
—¿Algo más?
 
—Dos cafés.
 
—Te pregunto por drogas.
 
—No.
 
El sanitario anotó algo sin reaccionar a su tono.
 
—¿Has sufrido episodios parecidos?
 
—Nunca.
 
—¿Mucho estrés últimamente?
 
—El normal.
 
—¿Qué significa el normal?
 
—Trabajo. Reuniones. Gente que no sabe lo que quiere y espera que tú lo averigües.
 
El sanitario levantó la mirada.
 
—Eso no suena muy normal.
 
—Depende del trabajo que tengas.
 
Lucía estaba sentada al fondo de la ambulancia. Llevaba el bolso de Adrián sobre las rodillas y no apartaba los ojos de él.
 
—Lleva semanas durmiendo mal —intervino.
 
Adrián giró la cabeza.
 
—No llevo semanas durmiendo mal.
 
—Ayer me enviaste un correo a las cuatro de la mañana.
 
—Porque estaba despierto.
 
—Eso es exactamente lo que significa dormir mal.
 
—No hace falta que informes de toda mi vida.
 
—Alguien tendrá que informar de algo, porque tú estás empeñado en fingir que no pasa nada.
 
El sanitario disimuló una sonrisa.
 
—La frecuencia está bajando —dijo—. Intenta respirar con normalidad.
 
—Llevo toda la vida respirando con normalidad.
 
Lucía negó con la cabeza.
 
—No estoy segura.
 
Adrián quiso responderle, pero estaba demasiado cansado.
 
Apoyó la cabeza contra la pared de la ambulancia y cerró los ojos. La niña del impermeable amarillo volvió a cruzar su mente. Esta vez no caminaba. Estaba quieta, de espaldas, mirando algo que él no podía ver.
 
Abrió los ojos antes de que pudiera girarse.
 
Las pruebas no encontraron ninguna alteración cardíaca.
 
Adrián escuchó el resultado tumbado en una camilla, todavía vestido con los pantalones del traje y una bata abierta por delante. El médico sostenía una tableta y hablaba con la serenidad de quien había repetido aquellas palabras muchas veces.
 
—El electrocardiograma está bien. La analítica también. No hay indicios de que hayas sufrido un problema cardíaco.
 
—Entonces, ¿qué ha sido?
 
—Por los síntomas y después de descartar otras causas, lo más probable es que haya sido una crisis de ansiedad.
 
Adrián soltó una risa breve.
 
—No tengo ansiedad.
 
El médico no cambió de expresión.
 
—Has tenido una crisis de ansiedad.
 
—Pero yo no soy una persona ansiosa.
 
—La ansiedad no pregunta qué tipo de persona crees que eres.
 
Adrián desvió la mirada.
 
Al otro lado de la cortina, alguien tosía con insistencia. Un carro metálico avanzó por el pasillo. Las ruedas producían un chirrido cada pocos segundos.
 
—Ha sido una semana complicada —dijo Adrián—. Seguramente estaba cansado.
 
—Puede influir.
 
—He dormido poco.
 
—También puede influir.
 
—Entonces ha sido eso.
 
El médico dejó la tableta sobre una pequeña mesa.
 
—Adrián, puedo darte una explicación que te permita irte tranquilo o puedo decirte algo que quizá no te guste tanto.
 
—Dígame la que sea verdad.
 
—Tu cuerpo ha reaccionado como si estuvieras en peligro, aunque no había un peligro inmediato. Eso no ocurre necesariamente porque seas débil ni porque estés perdiendo la cabeza. Pero convendría que observaras qué llevas acumulando y cuánto tiempo llevas sin atenderlo.
 
—No llevo nada acumulando.
 
El médico lo sostuvo con la mirada durante unos segundos.
 
—De acuerdo.
 
Aquel «de acuerdo» molestó a Adrián más que una contradicción.
 
—¿Qué significa eso?
 
—Significa que no puedo obligarte a mirar algo que no quieres mirar.
 
—He venido por un dolor en el pecho, no para que me analicen la vida.
 
—Has venido porque creías que ibas a morir.
 
La frase quedó suspendida entre ambos.
 
Adrián bajó la vista hacia sus manos.
 
Ya no temblaban.
 
—Vamos a darte el alta —continuó el médico—. Esta noche intenta descansar. Evita el alcohol, reduce el café y, si los síntomas se repiten, vuelve a urgencias. También sería recomendable que hablaras con tu médico y valoraras recibir apoyo profesional.
 
—No necesito un psicólogo.
 
—Puede que no.
 
El médico tomó de nuevo la tableta.
 
—Pero necesitar ayuda y aceptarla son dos cosas diferentes.
 
Antes de salir, se volvió hacia él.
 
—¿Vives solo?
 
—Sí.
 
—¿Hay alguien que pueda quedarse contigo esta noche?
 
Adrián tardó demasiado en contestar.
 
—No hace falta.
 
—No te he preguntado si hace falta. Te he preguntado si hay alguien.
 
—Estoy bien solo.
 
El médico asintió.
 
—Entonces procura tener el teléfono cerca.
 
La cortina se cerró detrás de él.
 
Lucía esperaba en el pasillo con dos vasos de plástico.
 
—Te he traído agua.
 
—Gracias.
 
—He cancelado la reunión de la tarde.
 
Adrián la miró.
 
—¿Por qué?
 
—Porque hace dos horas creías que estabas sufriendo un infarto.
 
—Y no lo estaba sufriendo.
 
—Ah, entonces puedes volver y terminar la presentación.
 
—No dramatices.
 
Lucía le entregó el vaso.
 
—Tú estabas pidiendo una ambulancia delante de ocho personas.
 
—Siete.
 
—¿Qué?
 
—Eran siete.
 
Ella lo observó sin saber si reírse o enfadarse.
 
—Eres imposible.
 
—Eso dicen.
 
—¿Te llevo a casa?
 
—Puedo pedir un coche.
 
—No te he preguntado si puedes pedir un coche.
 
Adrián bebió un poco de agua.
 
—¿Por qué todo el mundo ha decidido hoy hacerme preguntas de una manera tan agresiva?
 
—Quizá porque contestas a todas sin responder ninguna.
 
Caminaron hacia la zona de admisión. Antes de abandonar el hospital, una mujer sentada detrás de una mampara les entregó varios documentos.
 
—Necesito que compruebe sus datos y firme aquí —dijo, señalando la última página.
 
Adrián apoyó los papeles sobre el mostrador.
 
Nombre. Dirección. Número de identificación. Teléfono.
 
Todo estaba correcto.
 
Al llegar a la parte inferior encontró un espacio sin rellenar.
 
Persona de contacto en caso de emergencia.
 
Debajo había dos líneas.
 
Nombre y apellidos.
 
Teléfono.
 
—Falta este campo —dijo la administrativa.
 
Adrián mantuvo el bolígrafo suspendido sobre el papel.
 
—Puede dejarlo vacío.
 
—Es recomendable poner a alguien.
 
Miró a Lucía.
 
Ella apartó ligeramente la vista, como si quisiera evitar que él interpretara su presencia como una respuesta.
 
Adrián pensó en Samuel.
 
No recordaba su número. Llevaban años comunicándose únicamente mediante mensajes y nunca contestaba antes del mediodía.
 
Pensó en Clara, su hermana.
 
Hacía nueve meses que no hablaban. La última conversación había terminado con ella diciéndole que solo llamaba cuando necesitaba algo.
 
Pensó en Irene.
 
Ya no vivía con él. Había recogido sus cosas dos meses antes y le había pedido que no volviera a buscarla.
 
—¿Señor? —insistió la administrativa.
 
—Déjelo vacío.
 
—Podemos poner a la persona que lo ha acompañado.
 
—Es una compañera de trabajo.
 
Lucía lo miró.
 
No parecía ofendida. Eso hizo que Adrián se sintiera todavía peor.
 
La administrativa retiró los documentos, pero Adrián no soltó el bolígrafo.
 
Volvió a mirar la casilla.
 
Durante años había pensado que estar solo era la prueba de que no necesitaba a nadie. Podía viajar sin dar explicaciones, mudarse cuando quisiera, trabajar hasta la madrugada, desaparecer durante días y volver como si nada hubiera ocurrido.
 
Aquella tarde, bajo la luz blanca de un hospital, la soledad no se parecía demasiado a la libertad.
 
Se parecía a un espacio vacío en el que no había ningún nombre que escribir.
 
—Adrián —dijo Lucía con suavidad—. Vámonos.
 
Él dejó el bolígrafo sobre el mostrador.
 
Mientras caminaba hacia la salida, un recuerdo atravesó su mente con una claridad que le obligó a detenerse.
 
Una habitación pequeña.
 
Una maleta abierta sobre una cama.
 
Laura de pie junto a la puerta, con una mano apoyada sobre el vientre.
 
—No te estoy pidiendo que tengas todas las respuestas —le había dicho—. Solo te estoy pidiendo que no te marches.
 
Adrián parpadeó.
 
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
 
Miró hacia atrás.
 
La administrativa ya atendía a otra persona. El formulario había desaparecido bajo una pila de papeles.
 
—Nada —respondió—. No pasa nada.
 
Pero mientras las puertas automáticas del hospital se abrían frente a él, comprendió algo que llevaba años evitando.
 
Si aquella mañana hubiese muerto en la sala de reuniones, nadie habría sabido a quién llamar.
 
Lo que deja esta primera entrega
 
 
Adrián ha vivido durante años convencido de que no necesitar a nadie era una forma de libertad. Sin embargo, una crisis inesperada lo obliga a detenerse y contemplar el vacío que ha construido a su alrededor.
 
La casilla sin nombre no representa únicamente una ausencia administrativa. Es el reflejo de una vida marcada por la huida, la distancia y los vínculos que nunca supo sostener.

Lo que deja esta primera entrega

Adrián ha vivido durante años convencido de que no necesitar a nadie era una forma de libertad. Sin embargo, una crisis inesperada lo obliga a detenerse y contemplar el vacío que ha construido a su alrededor. La casilla sin nombre no representa únicamente una ausencia administrativa. Es el reflejo de una vida marcada por la huida, la distancia y los vínculos que nunca supo sostener.

— Las vidas que no vivimos

Gracias por acompañarnos hasta este punto de Las vidas que no vivimos. La próxima semana publicaremos la segunda entrega, Una casa sin testigos, en la que Adrián regresará a un apartamento aparentemente impecable, pero cuyo silencio empezará a mostrarle todo aquello que lleva años evitando mirar. Nos reencontraremos cada semana para continuar recorriendo, paso a paso, las 52 entregas de esta historia inspirada en los cuatro pilares del Método ALMA.

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